Continuando con las alocuciones de la sesión especial de la Comisión Permanente en el marco del Día Internacional de Recuerdo del Holocausto, publicamos hoy la versión taquigráfica del discurso de la Diputada Graciela Bianchi, del Partido Nacional.
SEÑORA BIANCHI.- Señora presidente: esto va a ser un poco más que una interrupción. Voy abusar de la buena voluntad de los colegas porque este es un tema muy importante y se necesita un poco de tiempo. Voy a procurar salir de los lugares comunes –y lo voy a hacer en la medida en que los señores legisladores sean generosos– para enfocar este tema desde el punto de vista de la educación porque los educadores tenemos en nuestras manos gran parte de la solución para que estos hechos no vuelvan a repetirse.
La educación es el instrumento para muchas cosas, pero para conocer la historia, la verdadera historia, la Historia como ciencia social, es el gran instrumento.
Voy a decir algo que se me ocurrió en este momento porque no pude evitar, señora presidente, sentir emoción cuando, entre las personas que están presentes en la barra, pronunció el nombre de Rita Vinocur. Debo concluir que es la hija, la hermana o alguna pariente muy directa de la señora Ana Vinocur, a quien invité –poco tiempo después de asumir la dirección del liceo Francisco Bauzá en el año 1994– para que diera una charla sobre su experiencia en Auschwitz. Ella tenía la virtud de explicar el día a día sin necesidad de ser gran literata ni dirigente política. Cuando la contacté recuerdo que me dijo: «Cuando yo estaba en la fila con Mengele, si yo vivía o no dependía del dedo de Mengele, y estoy acá». En el año 1995 o 1996 –no recuerdo exactamente–, a las 48 horas de haberla invitado a dar una charla en el liceo en el turno nocturno, sufrí un atentado en la puerta de mi casa, donde tiraron bombas molotov y se dibujaron esvásticas y símbolos nazis. O sea que el nazismo no está lejos de nosotros. Eso ocurrió solo por haber invitado a la señora Ana Vinocur; después, ya dentro del Codicen, tuve el placer de hacer lo posible para que una escuela llevara su nombre. Quería decir esto porque su sola mención me emociona muchísimo, muchísimo, ¡muchísimo!, no por el atentado –¡por favor!–, sino porque quiere decir que el problema está presente.
Puede haber diversas fechas para aludir al inicio de la Shoá –estoy de acuerdo con el legislador Bordaberry, con los autores que él nombró; el término «Shoá» es mucho mejor que «Holocausto», tiene otra significación–, pero tomo como referencia la escuela internacional de estudio de Yad Vashem, una de las organizaciones más representativas para el análisis, la explicación y el accionar proactivo desde el punto de vista educativo, que nos resulta irrenunciable. No obstante, para entender y afianzar la expresión «nunca más» debemos tener en cuenta qué significa el término «Shoá», partiendo de la base que no es una palabra de uso disponible desde los años cuarenta. El primero, «Holocausto», tiene ya varias décadas de uso y usufructo, y el segundo, «Shoá», es de incorporación más reciente, aunque desde lo preceptivo ingresa con una fuerza significativa que abre las puertas de un abordaje didáctico y pedagógico más intenso.
Holocausto es el proceso sistemático de eliminación física y de identidad, y no se caracteriza por la unicidad. Después de la Segunda Guerra Mundial más de una decena de genocidios afectaron a la humanidad; por eso queremos insistir en cada uno de estos términos: estamos hablando de eliminación física y de identidad. En cambio, la Shoá, como proceso, o el Holocausto como dice las Naciones Unidas –esta organización me enseña muchas cosas y otras me las desenseña–, tiene un soporte ideológico que implica una planificación minuciosa de aniquilación o exterminio del pueblo judío y, al mismo tiempo, de otros grupos humanos que nada tienen que ver con el concepto de raza. Nos referimos a gitanos, homosexuales, discapacitados, masones. La cuestión es aniquilar al distinto y posicionarse en el ámbito de una absurda verdad absoluta, poniendo en juego prácticas comunicativas de contenido persuasivo y falaz para instalar ideas vestidas de intolerancia.
–¿Cuál es el mayor riesgo que se corre en la actualidad ante la Shoá o el Holocausto, si así lo quieren, como hecho histórico? El mayor riesgo es su negación, ya sea por motivaciones intelectuales, económicas o políticas. El negacionismo como punto de vista se instala ante una historiografía que como sustento científico explica lo ocurrido en ese pasado relativamente presente. Vale la pena repetir, señora presidente, que hay una historiografía que habla de acontecimientos históricos. No se trata únicamente de relatos, aunque estos son fundamentales para indagar en los aspectos humanos o en las secuelas psicológicas y sociales de las vivencias brutales. El Holocausto, o la Shoá, debe instalarse en todos nosotros, no solo porque debemos esperar un «nunca más» y por ser el tema motivador para alcanzar cuestiones relativas a la formación humana o ciudadana, sino porque se trata de un acontecimiento social que tuvo consecuencias en todo el mundo e implicó la participación de seres humanos que tuvieron sus roles, según las etapas durante las cuales se desarrolló ese proceso de aniquilamiento. Quizás el análisis profundo de la Shoá, del Holocausto, como objeto de estudio en sí mismo permitirá que los alumnos empaticen con las personas que se vieron involucradas en aquellos hechos o que entiendan que aun hoy hay familias descendientes de aquellas personas.
El señor legislador Bordaberry habló de Canadá y de Estados Unidos. No interroguen en el Uruguay; no pregunten cuántos alumnos saben qué son todas estas cosas. Hay que entender que estamos hablando, que hubo víctimas reales y no de ficción. Hay historias humanas que fueron parte de esa época, lo que se traduce en un ancla de seguridad para quienes se vinculan y aprenden sobre el proceso. Hay una seguridad científica y humana. No es una cuestión anecdótica y nadie puede colocarse en la posición de aquellas comprobadas víctimas, pero hoy hay que entender que existe un eje cronológico del que se desprende un antes, un durante y un después de la Shoá, y que el durante fue el proceso más traumático. Es por eso que la instalación de una pedagogía de dilemas ante el estudio de la Shoá permitiría a los estudiantes comprender y desarrollar sus capacidades humanas en torno a la ética fundamental, para tomar posición y alcanzar un mayor desarrollo de la formación ciudadana, que es la resultante del estudio que implicó el relato humano, que es básicamente científico. Esto lo hace creíble y, al mismo tiempo, muy doloroso porque, en definitiva, es el hombre comiéndose al propio hombre.
Insistimos en recordar qué es la Shoá. No puede reducirse solamente a relatar etapas. Como educadores debemos pensar siempre en el ser humano, y si se produjo ese nefasto proceso en la historia de la humanidad fue porque hubo protagonistas, víctimas, perpetradores y observadores. Y ahora tengo ganas de decir cómplices, pues hubo muchos cómplices, también en el mundo occidental y cristiano. De aquí surgen preguntas que deben ser recurrentes y recursivas. ¿Cómo fue posible? ¿Qué fuerzas afectivas, psicológicas o sociales incidieron para ser perpetrador y observador pasivo? ¿Qué valores debemos rescatar para el desarrollo de los derechos humanos? ¿Los justos de las naciones ocupan en la memoria el lugar correcto para recorrer nuestros afectos íntegramente? Hemos hablado de un antes, un durante y un después. Los sobrevivientes, acaso silenciosos hasta el juicio de Eichmann en 1961 y la declaración de ciento veinte testigos en Europa en 1945, debieron plantearse una verdadera pregunta trascendental: «¿A qué patria se puede volver?». Pues bien, señora presidente –ya termino y agradezco su buena voluntad–, Uruguay fue una de esas patrias que acogió a una comunidad judía, al igual que otras, que moldearon un país desde diferentes perspectivas. Les pido a todos que leamos a Bertolt Brecht, pero no la famosa frase que se repite continuamente, sino “La resistible ascensión de Arturo Ui”. Además, pidamos que se reitere permanentemente en el teatro uruguayo, porque una cosa es leer sobre un hecho muy duro, pero mucho más duro es verlo. Estoy hablando de “La resistible –no la irresistible sino la resistible– ascensión de Arturo Ui”. El monstruo fue soportado, fundamentado, creado, financiado por muchos. Y ese monstruo, que puede crecer otra vez en cualquier momento –creo que está creciendo en muchos lados–, funciona por sí mismo, y se derrama muchísima sangre y se pierden muchas vidas humanas para destruirlo.
Reitero: es “La resistible ascensión de Arturo Ui”. De nosotros, de la humanidad, depende ver los riesgos concretos que tenemos hoy para enseñar sobre el Holocausto o la Shoá sin reducirlo a los relatos puntuales. No estamos libres que hechos similares se produzcan; el mundo de hoy es un ejemplo de ello, hechos que nos están acechando en este momento a todos. La Historia es una ciencia social, no se repite, pero tiene leyes generales.
Diputada Graciela Bianchi: “No pregunten cuántos alumnos saben qué es la Shoá”
01/Feb/2019